Escojo ser feliz después de saborear la tristeza

La felicidad es una decisión y escojo ser feliz.


Ser feliz no significa no sentir tristeza. Ahora la recibo con amor y compasión.


Cuando llega, le doy la bienvenida, la siento y la honro por lo que es.


Me doy cuenta de que está presente y le comparto mi atención plena. La escucho, no la juzgo, mucho menos le exijo cambiar y convertirse en felicidad porque nunca podrá serlo, es tristeza. La acepto y la sostengo sin apegos ni sufrimiento.


Así como no puedo pedirle a un gato que sea perro, tampoco le puedo pedir a la tristeza que sea felicidad.


Soy consciente de que mi decisión de no atenderla, negarla y reprimirla la convertirá en un bloqueo inconsciente. Se quedará y se almacenará hasta ser atendida. La manifestación de la mente al cuerpo está a una palabra de distancia, psicosomatización.


Autoindago la razón de su llegada, la atiendo, descubro y comprendo su propósito y aprendo la lección.


Puede tomar minutos, horas, días, semanas, meses, años, no importa, el tiempo es irrelevante, siempre pasa. El conocimiento y la sabiduría de la enseñanza queda para toda la vida.


Antes de irse la abrazo, le agradezco y la dejo ir de la misma manera que llegó. Retorno al estado de felicidad que escojo sentir y continúo mi vida.


Para poder disfrutar de la felicidad necesitamos saborear y vivir la tristeza.


La tristeza no es mala ni buena, es una emoción pasajera con una misión. Viene y va a lo largo del camino de la vida. ¿Por qué no recibirla siempre con una sonrisa?






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